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La Iglesia Episcopal Diócesis de Panamá le da la bienvenida a su blog. Aquí podrá enterarse de los últimos acontecimientos que suceden a nivel nacional e internacional. Tenemos artículos que contienen archivos que pueden ser descargados y utilizados para su reproducción. Esperamos que disfrute este pequeños espacio. Dios lo Bendiga.

viernes, 27 de marzo de 2020

Meditaciones de Cuaresma, Miércoles 27 de marzo del 2020


Ninguno busque únicamente su propio bien, sino también el bien de los otros.
–Filipenses 2:4




Hace unos años, los jóvenes de mi parroquia crearon un lema: «Nadie se sienta solo». Esa frase tiñe todo lo que hacemos. Hace que sentarse a comer sea un acto de adoración. Significa que jovencitos de 17 años se sientan junto a cualquier niño de 12 que esté solo y conversan con él. Significa que sin importar lo que ocurra el resto del día, cuando vas a la iglesia, van a notar que estás allí. Significan que todos tiene el mandato de preocuparse por el prójimo.


Cuando Jesús llama a sus discípulos, les pide que dejen sus vidas cómodas en busca de algo más. Cuando un jovencito o jovencita adolescente deja a sus amigos para sentarse con alguien que está solo, emula a los discípulos y está siguiendo a Cristo. Me parece que a veces hacemos esto de seguir a Jesús más complicado de lo que es. Es sentarse con alguien que está solo; es abrir el círculo e incluir a otros. Simples actos de amor pueden cambiar de forma radical la vida de alguien.

—Emily Rutledge




Friday, March 27


Let each of you look not to your own interests, but to the interests of others.
—Philippians 2:4


The youth community at my parish came up with a saying years ago: No one sits alone. It’s become a mantra that informs everything we do. It has made sitting down for a meal an act of worship. It means high school seniors join the new sixth grader sitting alone at a table and begin conversation. It means that no matter what happened during rest of the day, when you show up at church you are going to be seen. This mantra means that everyone is tasked with focusing on others.

When Jesus calls his disciples, he asks them to leave the comfort of the lives they knew for something more. When a teenager leaves the comfort of their friend group to invite another in or go join them where they are, it is that same discipleship. It is following Christ. I think sometimes we make this following Jesus thing more complicated than it needs to be. Sit with someone who is alone. Include. Open the circle. Make room. Small acts of love can radically change the life of someone else.

—Emily Rutledge 

jueves, 26 de marzo de 2020

Meditaciones de Cuaresma, Miércoles 26 de marzo del 2020


En aquella misma ocasión los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?» Jesús llamó entonces a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian y se vuelven como niños, no entrarán en el reino de los cielos».
–Mateo 18:1-3



Desde hace doce años mi esposo viene enseñando clases a niños de 9 y 10 años. Lo que me cuenta les da más significado a las enseñanzas de Jesús acerca de dejar de lado nuestro orgullo y volvernos «como niños».

Los niños de 9 y 10 años son bulliciosos, desinhibidos, y necesitan recreos para descargar toda su energía. También es cuando niños muy silenciosos empiezan a romper el cascarón, o niños muy alegres se vuelven silencioso, ahogados por un mundo que no entienden ni controlan. Hay actitudes descaradas, pero que suelen ser también muy graciosas. Tal vez lo más importante es que están a punto de una profunda transformación.

Jesús les asesta un golpe mortal a nuestras ideas de grandeza. Desde su perspectiva, los títulos y honores son puro aburrimiento. Jesús nos dice: «Mejor ser como un niño de 9 años: Bulliciosos, divertido y lleno de energía. Mejor cantar y bailar sin inhibiciones».

—Miguel Escobar





Thursday, March 26


At that time the disciples came to Jesus and asked, “Who is the greatest in the kingdom of heaven?” He called a child, whom he put among them, and said, “Truly I tell you, unless you change and become like children, you will never enter the kingdom of heaven.”
—Matthew 18:1-3

My husband has taught nine and ten-year-olds for twelve years. Hearing story after story about kids in his classroom has shaped how I understand Jesus saying we need to cast aside our notions of greatness and become “like children.”

For ages nine and ten, we’re talking uncontainable rambunctiousness and uninhibited dancing—and necessary recess to get all the extra energy out. This tender age is when a quiet kid may start to come out of their shell or a happy child goes silent, weighed down by an adult world they don’t understand or have control over. There’s also a lot of sass, though frequently it’s expressed in incredibly funny ways. But perhaps most importantly, this is an age when children are on the cusp of their own great transformations.

Jesus skewers our adult versions of greatness. Fancy job titles? Multiple degrees? How dull. Better, he says, to be like a nine-year-old: funny, rambunctious, still tender and with way too much energy. Far better to stay an uninhibited singer, someone who struggles to line up quietly in the hallway and on the cusp of transformation.

—Miguel Escobar 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Meditaciones de Cuaresma, Miércoles 25 de marzo del 2020


Dios, el Señor, que creó el cielo y lo extendió, que formó la tierra y lo que crece en ella, que da vida y aliento a los hombres que la habitan, dice a su siervo: «Yo, el Señor, te llamé y te tomé por la mano, para que seas instrumento de salvación; yo te formé, pues quiero que seas señal de mi alianza con el pueblo, luz de las naciones».
–Isaías 42:5-6



Cuando mi hijita de 4 años se baja del auto, sale corriendo. Antes de eso, le ruego: «Por favor tómame de la mano». Pero rara vez lo hace, y eso significa que estacionar el auto en un lote público es una prueba de fe. Yo conozco el peligro, pero a ella no le importa. Mi profundo conocimiento y mi temor por su bienestar se manifiestan en querer tomarla de la mano.

Generalmente, la imagen de un Dios que nos toma de la mano me reconforta. Parece indicar que la mano de Dios se extiende cada vez que sé que la necesito. Pero mis temores de padre, cada vez que estaciono, me hacen notar que Isaías en realidad está diciendo algo diferente: No soy siempre el mejor juez de lo que más me conviene. En el estacionamiento de la vida, a veces Dios tiene que aferrarme de la mano y salvarme de mis deseos de ser independiente

— Patrick Funston



Wednesday, March 25



Thus says God, the Lord, who created the heavens and stretched them out, who spread out the earth and what comes from it, who gives breath to the people upon it and spirit to those who walk in it: I am the Lord, I have called you in righteousness, I have taken you by the hand and kept you.
—Isaiah 42:5-6

When my four-year-old gets out of the car, she immediately bolts. Her dash is usually anticipated by the common parental refrain, “Hold my hand, please!” She rarely wants to hold my hand. In this way, parking lots are spiritual exercises for our family. I’m aware of the dangerous realities they bring. She doesn’t care. My depth of knowledge, my fear for her well-being is manifested in a hand hold. 

Typically, when I hear the language of God holding our hands, I’m reassured by the image. It’s an image I receive as one where God’s outstretched hand is always available for me when I know I need it. But my parental parking lot fear makes me notice that Isaiah wants to convey a different thing. I’m not the best judge of my need for God’s protection; I cannot be relied upon to know what’s best for me. In the parking lot of my life, sometimes God has to grab me, to save me from my independence.

— Patrick Funston

martes, 17 de marzo de 2020

Meditaciones de Cuaresma, Miércoles 18 de marzo del 2020



Entonces la gente le preguntó: «¿Qué debemos hacer?» Juan les contestó: «El que tenga dos trajes, dele

uno al que no tiene ninguno; y el que tenga comida, compártala con el que no la tiene».
–Lucas 3:10-11



¿Has oído acerca del Desafío Cuaresmal de la Bolsita? Cada día de Cuaresma, llevas a la familia a un área especifica de tu casa y juntos llenan una bolsita con cosas que ya no necesitan. Esta práctica diaria les permite a los niños practicar la generosidad de manera que, al terminar la Cuaresma, se ha vuelto rutina en sus vidas.


Incluso en la cultura materialista y consumista en la que vivimos, queremos conocer a Jesús y entender su enseñanzas. Jesús nos dice que si tenemos dos abrigos, debemos compartir uno. ¿Y si fuéramos al armario y nos deshiciéramos de la mitad de lo que allí encontramos? ¿Si abriéramos las gavetas y el refrigerador y practicáramos la generosidad radical de la que habla Jesús? Tal vez eso signifique dar algo que nos gusta y queremos seguir teniendo. Suele ocurrir que lo que queremos es algo que otra persona necesita.

Una mañana cuando mi hija Jaiya se preparaba para ir a la escuela, la vi llevar una bolsita con ropa. Cuando le pregunté para quién era, me dijo: «Hay alguien que sé que la necesita».

—Miriam Willard McKenney





Wednesday, March 18



And the crowds asked him, “What then should we do?” In reply, he said to them, “Whoever has two coats must share with anyone who has none, and whoever has food must do likewise.”
—Luke 3:10-11


Have you ever heard of the bag challenge for Lent? Each day during Lent, you fill a bag with items from any area of your home that you no longer need. This daily practice allows kids to practice generosity in a way that can become a natural routine by the end of Lent.

Even in our materialistic, consumer-driven culture, we seek to know Jesus and understand his teachings. Jesus tells us that if we have two coats, we share one. What if we went into our closets and got rid of half of what we had? What if we opened our cabinets and refrigerators and practiced the radical generosity that Jesus preaches? It might mean giving something away that we really like and still want. Often, what we want is what someone else needs.

One morning on the way to school, my daughter Jaiya brought a small bag of clothing. When I asked her who it was for, she said, “There’s someone I know who needs these.”

—Miriam Willard McKenney